Los monstruos cambian, el miedo permanece.
Hace algunos años visité una exposición sobre cine de terror que proponía una idea que se me quedó grabada: las películas de miedo también documentan los temores de la época. Detrás del monstruo o la amenaza suele esconderse un miedo colectivo real.
Frankenstein es un buen ejemplo. La historia de Mary Shelley nació en pleno auge de la ciencia moderna y del debate sobre sus límites. El horror no estaba solamente en la criatura, sino en el poder de su creador y en las consecuencias de jugar con fuerzas que van más allá de nuestra comprensión.
Décadas después, durante la Guerra Fría, el miedo cambió. El monstruo podía venir del espacio. Las películas de invasiones extraterrestres expresaban, de distintas maneras, la ansiedad ante la guerra nuclear, la infiltración del enemigo y la posibilidad de que una amenaza invisible destruyera a la humanidad.
Después llegarían otros miedos: el asesino en serie que podía ser nuestro vecino, el virus capaz de detener el mundo y convertirlo en una pesadilla, la tecnología que invade nuestra intimidad y la posibilidad de que las máquinas terminen por reemplazarnos, o llevarnos a la extinción.
Por eso el cine de terror resulta tan interesante. Nos asusta por lo que vemos en pantalla, pero el verdadero miedo siempre nos espera al terminar la película.
La inteligencia artificial, el auge del autoritarismo, la vigilancia digital, pandemias, colapso ambiental o un mundo en donde la línea entre realidad y ficción es cada vez más borrosa.
Cito a Jorge Debravo:
“Y es que el miedo es verdad
y el miedo vive
y el miedo anda silbando
y el miedo hace que andemos despacito
contando con angustia nuestros pasos”.


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