Entretener es educar
La televisión pública se distingue por difundir contenidos educativos, críticos y plurales. Libre de presiones comerciales y agendas, da acceso a información alternativa, promueve derechos humanos, visibiliza a poblaciones vulnerabilizadas y sectores disidentes, y amplifica sus voces, cumpliendo así con su labor social.
Hacer televisión con vocación de servicio no significa hacer televisión institucional. La producción educativa puede ser también divertida y cercana. Y debe serlo, ya que compite con todas las pantallas del mundo, en un entorno que se renueva constantemente, no sólo adoptando nuevas tecnologías sino invirtiendo recursos en la investigación y el desarrollo de formatos novedosos para audiencias vivas y exigentes. El compromiso con la creación de contenidos de máxima calidad debe ir unido a la apuesta por la innovación formal. La forma no es un mero vehículo del contenido, la forma es también el contenido y marca toda la diferencia entre llegar o no a las audiencias.
El entretenimiento, no es en sí mismo evasivo o superficial, puede ser un puente hacia temas culturales, ambientales, políticos e históricos; puede hacer pensar y sentir a las audiencias y con ello, lograr que esto les importe.
Plantear el eduentretenimiento (u otro término equivalente) como camino no es nuevo, sino un reto aún vigente: ¿cómo diseñar experiencias televisivas que enganchen y eduquen? La respuesta pasa por imaginar y ensayar nuevas formas. Convertir la televisión pública en un laboratorio de exploración de lenguajes y estéticas, parece ser un camino posible. Recurrir a ficciones, hibridaciones y cualquier formato orientado a entretener con propósito es parte de este. Ante un público que pasa tantas horas frente a las pantallas, el desafío último es lograr que ese tiempo valga.


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